En mi desván se entra muy fácilmente, pero una vez dentro sus confines son infinitos. Uno llega a perderse por sus esquinas y si no se va con cuidado acabará tropezándose con otros umbrales que conducen quien sabe adónde. Algunos personajes deambulan por estos laberintos. A veces dormitan, aunque con frecuencia sus gritos suelen desterrar al silencio. Platican con musas alegres o conquistan a aquellas de alas dulces, pero no falta la ocasión en que se dejan seducir por musas amargas y más temibles que el peor de los demonios.... Ahí está Churruka, con sus sueños; o Grauer, el lobo, que le escribe a la luna; y que diríamos del poeta Auiles. Incluso también ronda por estos lares un viejo cocodrilo siempre al acecho y otros personajes oscuros que es preferible no molestar. Por último hay un personaje, producto y crisol de todos ellos, Pielfría.

Al fin y al cabo son todos hijos míos y por este mismo motivo yo los aliento a desarrollarse a su libre albedrío en busca de su destino por los rincones de mi mente.



Christian Eduardo Nutz de la Calle








El hogar

El hogar


La casa bosteza entre soles, no de fatiga sino de alegría que despierta. Sus ventanas relucen; son las ascuas de un cometa, que renacen e irradian añoranza satisfecha. Bajo sus aleros, donde no le alcanza la luz, se esbozan las sonrisas. El hogar se alza solitario en la colina a ras de lo sublime.

El hombre camina entre campos de trigo, entre un mar de destellos, y el cielo luminoso se vuelca a sus espaldas sobre un guiño dorado, por donde ambos fluyen y se unen. Se dirige a la casa, al hogar que nunca tuvo, o que en un borroso comienzo creyó poseer. Sabe que lo esperan; aquella familia que se disolvió en el olvido y que sin embargo, sin su recuerdo, jamás habría podido encontrar el camino de regreso. Ha surcado mares grises, de olas amargas bajo cielos sin consuelo, para desembarcar al final en un puerto sombrío, donde guardianes taciturnos lo dejaron pasar e ignoraron su presencia mientras se calentaban silenciosos junto al fuego. Siguió la orilla de playas gloriosas pero desoladas. Anduvo por selvas subterráneas, por túneles de maleza, antes de llegar a su destino.

Comienza a ascender por la vereda que lo conduce al hogar. A su paso rostros amables lo saludan. Se detiene ante la entrada y la claridad lo envuelve.


Yace junto a un banco envuelto en papeles de periódico, en un parque perdido en los suburbios de cualquier ciudad. En una mano sostiene una botella de coñac barato. La otra señala hacia un punto indefinido lejano en la distancia. El viento helado de la noche agita unos mechones de cabello cano y ralo. La mustia luz de una farola alumbra un rostro de ceniza y la profundidad de sus arrugas, que han calado hondo con los años y la pena. Tiene los ojos cerrados y parece reposar, aunque se ha liberado de la miseria, del lastre insoportable de su existencia.....


...Y el mago cruza el umbral.


Churruka (Christian Eduardo Nutz de la Calle) , 05.04.2007








jueves, 25 de agosto de 2016

Ulme ( luz)





















No gritó. Tampoco ellos emitieron algún ruido que inquietara a la noche. El bosque continuó palpitando como siempre. Y, aunque hubiese conocido el miedo, no habría podido expresarlo, pues carecía de voz.


La maleza se abrió y las tres sombras se escurrieron por el claro. Únicamente la luna alumbró la lujuria en sus ojos. La habían estado esperando después de contemplarla y admirarla durante dos noches mientras danzaba en medio del claro alrededor de un viejo olmo solitario. No soportaron más su belleza. Enloquecidos decidieron hacer realidad sus deseos y poseerla. Ella los esperó con la espalda y las palmas de las manos apoyadas en el tronco del árbol. Los enfrentó con la mirada, pero no fue necesario.


Antes de que un rugido alterara el silencio, un zumbido cortó el aire. El cazador más cercano a la mujer se derrumbó con una saeta asomándole por la boca. El bosque despertó por fin. Un huracán tamborileó por el claro, acompañado por los alaridos del guerrero que se acercaban al segundo cazador. Los cascos del caballo se alzaron y convirtieron su cabeza en una masa sanguinolenta. El tercero no logró huir. Una hacha se le hundió con un chasquido entre los omóplatos.


El guerrero descendió de su caballo y contempló a la mujer. Ahora la veía mejor. Ya no era un destello luminoso y quedó hechizado como antes les había sucedido a los cazadores. Por primera vez su valor legendario se deshizo en latidos ante tanta hermosura, desde su garganta hasta la zona más profunda de su vientre.
Su piel dorada, su cuerpo desnudo y perfecto cuyas curvas en perfecta armonía conducían a una belleza sublime, sus ojos de color esmeralda, como el estanque iluminado de una gruta, lo perturbaban y al mismo tiempo fascinaban.
Él le habló, y ella lo ignoró. Ni siquiera le agradeció su ayuda. Sólo se limitó a abrazar y bailar alrededor de su olmo.


El guerrero despertó con la luz ya madura. La esperó todas las noches, pero cada vez que intentaba acercarse y hacerla suya, despertaba en pleno día. Un atardecer, enfermo de pasión, lujuria y despecho, taló el olmo con su hacha.
Cuando la mujer descubrió el muñón, le habló por fin. El guerrero comenzó a sangrar por la boca, los ojos, por todas las fibras de su cuerpo. Su piel se endureció. En breves instantes un nuevo olmo joven ocupaba el lugar en donde había estado el árbol muerto.


La mujer del olmo, Ulme, porque así se llamaba, volvió a bailar partiendo al amanecer y regresando siempre con la luna, ella, la que sólo hablaba en defensa de su alma gemela.



Christian Eduardo Nutz De la Calle, 25.11.2010








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